Declaración de artista
Nacida en Barcelona en 1968, Amelia García Escoda es una reconocida pintora española célebre por sus expansivos retratos del océano. Tras sufrir maltrato infantil desde los 7 hasta los 15 años, se enfrentó con valentía a sus padres ante un juez de menores y encontró refugio en un hogar de acogida. Como consecuencia de ello, y para ayudar a otros niños, en 1992 se incorporó a una escuela de arte para niños y adultos en España, en la que llegó a formar a más de 1500 alumnos. En los últimos años, Amelia ha centrado su atención en su creciente trayectoria profesional. Con un enfoque gestual y disruptivo, se sumerge por completo en el acto de pintar, ofreciendo a quien contempla su obra un encuentro íntimo con la esencia del océano. Su obra está representada por Bertrand Epaud (internacional) — la prestigiosa Galería María Porto y David Bardía, en Madrid — Perry Kish — Art Vibes, Palma de Mallorca — y ha trabajado para el Grupo Antolín, empresa multinacional del sector de la automoción.

Biografía
Amelia García Escoda (Barcelona, 1968). Pintora y escultora, cofundadora de El Alfar Art-Terra S.L.
Comencé mi trayectoria artística personal en 2006, trabajando el arte matérico y el óleo sobre distintos soportes. Desde 2018 me dedico en exclusiva a mi producción artística, desarrollando un lenguaje plástico propio a través de la abstracción marina y espacial.
Mi obra, casi siempre de gran formato, se caracteriza por la sensibilidad hacia el propio acto de crear. Interpreto cada aspecto formal desde mi propia visión, implicando todo el cuerpo en el proceso y convirtiendo la experiencia visual de quien observa en un descubrimiento. En mis obras conviven gestos expresionistas, huellas de manos y dedos que invitan a detenerse y observar: una reflexión sobre la importancia de la presencia serena y consciente.
Actualmente me representan Bertrand Epaud (internacional), la Galería María Porto y la Galería David Bardía (Madrid) y Perry Kish / Art Vibes (Palma de Mallorca).
Océanos expandidos
Mi obra tiene su origen en un momento importante de mi vida: a los cinco años, tras la muerte de mi abuela, me zambullí en el mar y descubrí una certeza que me ha acompañado desde entonces. En diálogo con lo invisible, sentí la existencia de una luz primigenia anterior a la materia. Esa fuerza ancestral se convirtió en mi brújula y mi raíz.
Mi infancia no fue fácil, pero esa experiencia en el mar me dio la certeza de que todo y todos somos mar. Al vivir y trabajar en Atapuerca —la cuna de la humanidad— comprendí que mis mares no son solo paisajes, son genealogías ampliadas: espacios donde la vida se reconoce antes que el tiempo biológico, donde todos formamos parte de un universo conectado e infinito.
Pasamos nueve meses en el vientre materno en agua y sal, y ese origen nos construye: el mar como origen de la vida, interpretado desde las profundidades del alma, es mi proyecto actual. Mi hogar en la Sierra de Atapuerca me ayuda a unir ambos conceptos.
Mi pintura, instalaciones y pensamiento no pretenden ser contemplados como imágenes; son experiencias que exigen presencia física. Una fotografía nunca es suficiente. La voz pictórica que surge de mis mares clama desde el silencio de una vida material que intentó silenciarme: es una invitación a sumergirse en espacios de amor, verdad y belleza.
Mi objetivo es expandir esta luz —no como un objeto estético, sino como un lugar donde lo humano y lo trascendente se reconocen mutuamente.
Mis mares no pueden reducirse a una imagen. En una fotografía, aparecen como combinaciones de luz azul y profundidad; en persona, frente a un lienzo de dos metros, la experiencia es diferente: el espectador se enfrenta a su propia luz interior y a una verdad íntima.
Este poder proviene de la forma en que las creo: con fuerza bruta, golpeando los soportes, proyectando mi cuerpo sobre la superficie. El material conserva mis huellas dactilares, mis manos, fragmentos de piel. Cada cuadro contiene bio-firmas, trazos irrepetibles que registran la energía con la que fueron creados.
El resultado es un espacio pictórico envolvente que actúa como un espejo: muestra no solo el mar exterior, sino también el mar interior del espectador. El cuadro se convierte en un territorio vivo, atravesado por la luz, el gesto y la presencia.
A veces fragmento los grandes formatos, dividiendo la superficie en piezas autónomas. Cada fragmento conserva la esencia del todo y, al dispersarse, expande el océano pictórico hacia nuevos públicos y espacios, haciéndolo más accesible sin perder su fuerza.
También he desarrollado una colección de digigrafías giclée de alta calidad, que funcionan como ediciones limitadas y permiten que mi obra circule en círculos más amplios, manteniendo la fidelidad cromática y la fuerza del original.